Miguel Vidal Santos.- Salvando las obvias diferencias, ¿podría establecerse algún tipo de paralelismo entre nuestra situación política y los procesos de ruptura de los países del este de Europa? ¿Entre la Yugoslavia de 1990 y la España de hoy?
Desde el punto de vista económico, la lección principal es que la secesión de aquellos países tuvo costes muy severos. En todos los casos hubo un empobrecimiento muy importante de la población. Y en algunos de ellos resultó dramático. Diez años después de la secesión, el Producto Interior Bruto de Ucrania era un poco más de un tercio del que tenía con anterioridad. Y eso ocurre mientras los países que están alrededor continúan creciendo, con lo que el retroceso es enorme. Esta es una idea que deberíamos tener bien presente porque la secesión del País Vasco, de Cataluña o de cualquier otra región en un país como España, puede producir efectos similares.
Parte de la inmigración que recibimos los países occidentales procede precisamente de esas nuevas naciones cuyas economías están hundidas tras la independencia.
En efecto, muchos de los habitantes de esos países han tenido que emigrar. En el caso del País Vasco, según las encuestas del Euskobarómetro, un porcentaje muy importante de los ciudadanos vascos piensa que se marcharía si se declara la independencia. Los últimos datos apuntaban a que la decisión ya la tenía tomada el 6% de los encuestados, lo que supone nada menos que 170.000 personas. Y hay más de un 30% que no ha tomado la decisión, pero afirman no descartar la posibilidad de marcharse. Un proceso de independencia podría provocar la salida del País Vasco de entre 300.000 y 400.000 personas.
Y además está la violencia que supondría un proceso de estas características. La secesión no es una fiesta en ninguna parte. Y en España ya lo estamos viendo con ETA.
Se desencadenaría un proceso de violencia, como ha ocurrido en los Países del Este, y es otra lección que deberíamos aprender de ellos. Los procesos de secesión en algún caso se han dado de manera relativamente pacífica, pero muchos de ellos surgen en medio de violentas guerras civiles. Los nacionalistas y los que les hacen el juego para tratar de mantenerse en el poder, y estoy hablando del PSOE, deberían tener en cuenta ese tipo de fenómenos porque es posible que, si finalmente tuviéramos procesos de esa naturaleza en España, ellos podrían acabar convirtiéndose en cómplices de las consecuencias que su acción política puede tener.
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