Pedro Javier Cáceres.- Y Liria en Liria.
A contraestilo de las condiciones del toro. Pero era su última salida a escena en la arena valenciana, y había que dejar fresco el recuerdo de Liria, el de casi siempre. (El casi es el Liria exquisito y templado que en quince años se ha podido gustar de vez en cuando en cuanto le han sacado de “su sitio definido”. ¿Por quién? Y tuvo la oportunidad de anunciarse con hierros “convencionales”).
Y fue en ese toro donde sacó todo el compendio de lo que ha sido su carrera, y que tanto se echó en falta el resto de la tarde: garra, fibra, amor propio, entrega sin límites; necesidad interior de triunfar. Se lo propuso y lo consiguió.
Y es cierto que en otra circunstancia a ese toro de buen viaje y repetición -con el defecto apuntado, de toda la corrida, de humillar poco- lo toreó en el aire del Liria de la épica, cuando era toro de lírica -le hemos visto muchos, en Sevilla, en Murcia, Alicante, Madrid, Badajoz-.
Pero el fin, triunfar a lo Liria -corazón, corazón y corazón, más bragueta-, no sólo justificó los medios, sino que por ser la última y servir de recuerdo a la afición valenciana de una carrera de honradez, se lo premiaron.