…Y se cría el bravo. Así triunfó Victorino; y la terna (Liria, Ferrera, Cid), por ser fieles a sí mismos; dentro y fuera de la plaza. Como los conocimos desde sus inicios, en su línea. Así ganó El Juli, maduro en una trasformación que no desdice de sus principios humildes -a la vez que ambiciosos- como hombre y como torero.
Manzanares progresa adecuadamente en sus dos facetas con la sencillez que da la grandeza de estirpe; y Perera se muestra igual de asequible de calle y de luces.
Los victorinos no dieron facilidades por casta, y brindaron gloria a su terna. Los del Ventorrillo sacaron de todo, superado por disposición y aptitud de la terna. Y los de Torrealta (seis de catorce, ¡ea!) no dieron más jaquecas que su complejidad en su irregular movilidad. En esta corrida Javier Conde fue fiel a su “hecho diferencial”, nunca pretendió más. Talavante nunca fue más que un proyecto bueno, uno de tantos, con dos fogonazos de novillero, y tres arreones de matador que gozaron de amplia propaganda visionaria y que le llevan por la deriva personal del misticismo al uso; y así va la temporada. Y, Castella.
Castella no es el que era, como persona, como hombre -ni mejor o peor, distinto-, y su brujuleo en su administración ha desembocado en un matrimonio de conveniencia y muy hosco extramuros. Desde hace algún tiempo va toreando según va siendo: por eso le cuesta; a él llegar y al público asimilarlo.