¿Vuelta a las andadas?

22.04.08 | 02:00. Archivado en Albero

Pedro Javier Cáceres.- Y es que se anunció como gran duelo para abrir temporada el encontronazo de José Tomás con el Juli; y sin el lleno de apreturas del día de la reaparición pero sí similar al de la despedida de Rincón, del pasado septiembre, por lo tanto una muy feliz entrada, lo que no hubo fueron toros; toros dignos, por fuera -primero- y por dentro.

El duelo fue una auténtica pantomima en el que cada uno de los contendientes fue a su aire e intentar salvar de forma unilateral , cada uno, su pellejo. Se anunció Garcigrande y se repitio el mismo fraude que en anuncios anteriores en esta plaza, con José Tomás y sin José Tomás. La mejor versión de “Mansigrande” y “Garcichico” para una corrida que venden como “la cumbre” y que si se daba por hecho que se reducía a dos toreros -se demostró que Finito era del cartel por “obligado cumplimiento”- , por lo tanto cuatro toros, el aficionado se daba por satisfecho -a priori- en la creencia de que iba a ser el mejor espectáculo del mundo. Pero no contaban con que no había toro para tal. Animales gordos, con volumen, con cabezas pobres y romas, caras anovilladas cuando no abecerradas y con menos casta y fuerza, empuje, al menos, movilidad, que “un gitano en un juzgado” -al menos antes-. El primero de la tarde, mohíno y ovejuno- dio poca “chance” a Finito de Córdoba amén de la pasividad del torero que se limitó a abreviar para matarlo por la variante. El cuarto se movió algo más y Finito tuvo pasajes de querer, para al menor obstáculo volver a brujulear y repetir “huida” de la suerte a la hora de la espada.

El muy esperado José Tomás tuvo en su primero un animalito feble y remolón para tomar la muleta y en el que el de Galapagar aplicó quietud, temple desigual, medios remates de los muletazos a distinto nivel de altura, y serenidad -a veces excesiva rayana en la desidia, y la cara es el espejo del alma, como ocurriría en el quinto-, con la espada (sin tanta evidencia) pero va por el camino de la “técnica Finito”. El quinto, otro descastado con algo más de motor, pero en genio y sin ritmo, se afanó en el consabido arrimón de justificación, sin más. Tan confuso debió ver como cumplir con el personal que entre medios pases y medios pases, colocaciones, paseos, ceremonias etc. le tocaron los avisos sin entrar a matar y en su primero incluso cayó el segundo por su desacierto con los aceros.

El tercero acusó debilidad de remos y fue devuelto a los corrales, saltando a la arena el que debía ser sexto, que llegó a la muleta parado y soso. El Juli lo obligó, consintiendo con aguante y valor las poco boyantes embestidas del astado. No acertó con los aceros hasta el tercer envite. En sus deseos de salvar la decepcionante tarde, brindó su última faena al público y como el sobrero era el único toro de la corrida que medio embistió, le instrumentó una faena entregada, valerosa y mandona, que valió en parte la mala tarde proporcionada por el nulo juego de los toros. Estocada casi entera y justo premio de una oreja, la única de la tarde.

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