Ni españoles ni franceses

04.05.08 | 02:00. Archivado en Albero

Pedro Javier Cáceres.- Algo de positivo sí arrojó la corrida madrileña respecto de sus referentes de Valencia y Sevilla: la imponente presentación y seriedad pavorosa en sus cabezas de los toros de Valdefresno, en contraposición con encierros muy terciados (cuando no algunos ejemplares anovillados -hubo auténticos becerros en ambas-) de cabezas cómodas y alguna, muchas, cuando menos, romas en grado mogón.

También el “levantamiento” ante tanta pachanga de un profesional: Curro Molina; que ante la capea que se desató en el sexto de la tarde, con un Napoleón en grado Waterloo, dirigiendo personalmente las operaciones, fue capaz de poner dos soberbios pares de banderillas, hasta desmonterarse, demostrando que querer es poder.

Y por último, Madrid. A fuer de inhóspito -para todos-, sigue siendo el baluarte que barema la realidad del estado de La Fiesta y sus profesionales, ese bosque espeso y abrupto, pero verdad, que los árboles vistosos de otras ferias de postín, sólo engalanadas en su fachada, a veces no nos dejan ver, o no queremos ver; son la mentira piadosa que los aficionados necesitamos para tirar con razonable optimismo toda una temporada, pero llega Madrid y examina, en pureza, a todos.

Así Uceda se mostró como el buen torero que es, cuajó bellísimos muletazos a derechas y al natural a un mansito, noble, que quería adentros indisimuladamente -como todo el encierro-, pero le falta “punch”, rematar, arrebatar; en vez de dejar las cosas con buen sabor pero sin embriagar para posterior resaca. Además pinchó -con gran torpeza en la elección de terrenos- y lo que pudo si una oreja, la clásica de siempre de Uceda -antes que arrollar- quedó en una ovación saludado; lo de siempre: apuntar sin terminar de disparar.

Quedaba el cuarto, pero no se puede dejar todo para última hora, porque entra la ansiedad que es el hambre de triunfos que además si se conjuga con “las ganas de comer” mansedumbre de su oponente, el balance final no arregla nada: nos quedamos donde estábamos.El Cid anduvo a disgusto toda la tarde. Cierto es que pechó con el peor lote promedio. Sueltos y abantos -como toda la corrida- bruscos, cortos, cabeceadores y tendentes a humillar poco. Pero no es menos verdad que su solvente cuadrilla anduvo toda la tarde como “el jefe”, desnortada y asustada, en manera superior los picadores, que no se sabe bien si por autoestima propia o cumpliendo órdenes. Todo el mundo asustado.

De su lote, el segundo tuvo su lidia y quince o veinte muletazos que con mejor colocación y una disposición menos conservadora nos hubiera instalado en ese Cid venerado por su entrega y su pureza de ejecución del toreo fundamental. En el quinto, con las naves quemadas y el ánimo corto, abrevió ante un ejemplar muy mal lidiado y picado que se vengó de todas las perrerías haciendo gala de sus recursos de bronca mansedumbre. Sirva para comentar con argumentos la actuación de Castella las dos columnas de opinión de Valéncia huí con motivo de la pasada feria de abril. Resumiendo, que desde que cambió de apoderado cortando la temporada -el año pasado- como consecuencia de su mutación de personalidad interna y externa, anda ensimismado en un ensoberbecimiento que proyecta indolencia y suficiencia a pesar de seguir saliendo a jugarse la vida cada tarde con el solo objetivo del arrimón sin dar chance a la estrategia de terrenos, a la técnica de distancia, altura, velocidad y al gusto por progresar en la ejecución del toreo.

Todo ello conlleva que el aficionado riguroso se lo recrimine y le exija aliviado por el público de aluvión que valora el arrojo; en cualquier caso todo en él y en los aficionados se cortocircuita en una confusión de conceptos. Perdido en los principios de la lidia que osó comandar, la de sus dos toros -principalmente el sexto- se convirtieron en capeas de talanquera. En el sobrero de Alcurrucen la dispersión de recursos aplicados de forma reversible le llevó a naufragar ante un toro que pedía otra distancia. En el sexto, del segundo hierro de Valdefresno -Fraile Mazas- un zambombo sin clase, se la jugó, como siempre, pero sin la cabeza para pensar y aprovechar los adentros para, además del ¡huy!, llevar algún ¡ole! Como compañero de viaje.

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