Baltasar Bueno (Vh).- En la present ciutat ha molta obra pia e de gran caritat e sustentacio: empero una hi manca, que es de gran necesitat, ço es, un hospital o casa hon los pobres ignoscens o furiosos fosen acollits”.
En este valenciano tan precioso de comienzos del siglo XV, el de Oro de la Lengua y Literatura Valencianas, que ahora nos quieren suplantar por el catalán puro y duro, iniciaba Fray Gilabert Jofré, mercedario, su sermón de domingo de Cuaresma en la Catedral de Valencia.
No tenía nada que ver lo que decía con lo que había preparado, una lección magistral de teología, como era su costumbre, gracias a lo cual tenía fama de gran predicador.
Camino del templo, se encontró en una plazuela como un grupo de mozalbetes se burlaba, pegaba, apedreaba, insultaba, escupía y maltrataba a un demente. Se detuvo y afeó su acción a los agresores, a quienes puso en fuga. Se acercó al discapacitado psíquico, le tomó por el brazo, le levantó, limpió un poco, le acarició, sonrió y le envió a casa.
Le había conmocionado aquella estampa hasta el extremo que, a velocidad de la luz, se le ocurrió hablar de la experiencia vivida y sufrida, analizar el hecho y encontrar soluciones. Subido al púlpito expuso lo acontecido y prosiguió:
“Car molts pobres ignoscens van per aquesta ciutat, los quals pasen grans desaires de fam, fret e injuries. Per tal com per sa ignoscencia e furor no saben guanyar ni demanar lo que de menester per sustentacio de llur vida; e per ço dormen pere les carreres e pereixen de fam e fret, e moltes malvades persones, no havents deu davant los ulls de sa conciencia, los fan moltes injuries e enuchs; e malvades persones, no no havents Deu davant, senyaladament lla hon los trobe adormits los nafren e maten alguns, e a algunes fembres ignoscens ahonten.
E aixi mateix los pobres furiosos fan dany a moltes persones anants per la ciutat e aquestes coses son notories a tota la ciutat; perque seria sancta cosa e obra molt sancta que en la ciutat de Valencia fos feta una habitacio o hospital en que semblant folls e ignoscens estiguessen en tal manera que no anassen per la ciutat, ni poguessen fer dany nils ne fos fet”.
El reto, la invitación, la sugerencia, la propuesta había sido ya lanzada. Cierto es que había varios hospitales en la ciudad, pero ninguno especializado en enfermos mentales, los cuales, en aplicación de los Fueros vigentes, en el caso de los peligrosos o muy violentos, no tenían otra alternativa que ser embarcados a la fuerza en cualquier nave que saliera del puerto, cuya tripulación lo lanzaría al agua en llegar a alta mar.
Un grupo de notables de la ciudad recogió el guante y se constituyeron en comisión para estudiar la viabilidad de la idea y desarrollar el correspondiente proyecto.
Justo un año después, el 26 de febrero de 1410, el Papa Benedicto XIII, el Papa Luna, otorgó Bula -Super Hospitali Innocentium-, por la que autorizaba la construcción del Hospital que promovía el P. Gilabert Jofré. Un mes más tarde, el rey Martín V, el Humano otorgó Privilegio Real autorizando el ‘Spital de Ignoscens, Folls e Orats’.
Expertos en psiquiatría que han analizado la obra del P. Jofré consideran que este religioso cambió por completo las terapias de tratamiento a los enfermos mentales, denominándole alguno como “el primer socioterapeuta del amor”, pues los discapacitados mentales pasaron de ser personas repudiadas por la sociedad a ser tratadas con la dignidad y atención sanitaria debidas, de acuerdo con lo que se sabía y conocía científicamente en aquella época sobre las personas con este tipo de discapacidades.
El Padre Emilio María Aparicio Olmos, excelente Capellán Mayor de la Basílica de la Virgen, al escribir sobre este hospital no hace muchos años, dijo:
“Lo original de la casa de Santa María de los Inocentes era la idea básica de considerar al loco como un enfermo, como un hermano sumido en una auténtica desgracia y que, por ser más digno de lástima, dada la misma inconsciencia de su propia situación, había que darle un trato más exquisito que si padeciese cualquier otra dolencia”.
Primero se llamó Casa del Innocens y luego Spital dels Folls. Un hospital que pronto alcanzó gran fama y hasta Lope de Vega le dedicó una de sus obras de teatro ‘Los locos de Valencia’, donde encontramos la siguiente cita: “Tiene Valencia un hospital/ a donde los frenéticos se curan/ con gran limpieza y celo cuidadoso”.
Las obras del hospital comenzaron el 9 de mayo de 1410 e inmediatamente quedó constituida la Confraria de Nostra donna sancta Maria dels Ignoscens, para subvenir al Hospital y una larga lista de acciones de caridad y beneficencia, como la de enterrar con dignidad a los ajusticiados.
Este hospital, considerado como el primer psiquiátrico del mundo hoy ha sido fulminado, no existe, pues los de la nueva psiquiatría consideran este tipo de centros anacrónicos y dicen que los locos se curan en casa y en la calle. Hemos retrocedido 600 años en la historia, porque los dementes, de nuevo, están en la calle, sin control ni el cuidado debido. Destrozada su vida, se la destrozan a sus familiares y gentes de su entorno.