
Por Juan Miguel Díaz Rodelas, vicedecano de la Facultad de Teología de Valencia.
Creo haber escrito sobre ello más de una vez en estas páginas. Lo he hecho, no porque el tema me obsesione, sino simple y llanamente porque los Evangelios lo abordan con cierta frecuencia. Estoy hablando del tema de la fe, ese acto por el que los humanos franqueamos la frontera de lo que vemos y tocamos e incluso de lo que, ciertamente, podemos deducir con nuestra sola razón, y nos embarcamos en el misterio de lo invisible, de lo inaferrable; nos embarcamos en el misterio de esa realidad que decimos con cuatro letras, casi como queriendo mostrar en expresión verbal tan pequeña el enorme contraste, la distancia infinita que existe entre nuestra pequeñez y la grandeza de Dios.
Porque, en definitiva, es Dios el tema en cuestión. Así lo llaman miles de millones de seres de las más diversas culturas y tradiciones y en las lenguas más diferentes. Jesús, el Hijo eterno hecho hombre de María la Virgen, nos enseñó además que ese Dios es Padre. Así lo llamaba él en el trato singular que mantenía con Dios, porque era su Hijo, engendrado desde siempre de su misma naturaleza: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra”, le oímos exclamar en un conocido pasaje evangélico que se proclama en las Misas de hoy. Él le llamaba “Padre”; y también a nosotros nos enseñó que podíamos dirigirnos a Dios con este apelativo familiar, que en la lengua aramea del Maestro nazareno se decía casi como nuestro cariñoso “papá”. Es más, por la unión con el Hijo, hecha posible por la fe y eficaz en el bautismo, nos constituye en el estado de hijos. Como afirma S. Juan en una de sus cartas con emoción incontenida: nos llamamos hijos de Dios porque lo somos.
Ese es el descanso, el alivio que encuentran en Jesús cuantos acuden a él, cuantos reconocen en él al enviado del Padre y se abren por la fe al misterio de la relación estrecha y única entre el Padre y el Hijo: “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo. Y nadie conoce al Hijo, sino el Padre”. Conocimiento que es un modo de decir comunión de vida, unidad indescriptible entre las dos personas divinas.
Creer y entrar, a nuestro modo y según nuestra capacidad, en esta dinámica de comunión; unirse al Hijo y unirse también por él al Padre; llamar a Dios “Padre” como el Hijo y, en definitiva, ser hijos por el Hijo y en el Hijo. Todo ello es un don inaudito del amor de Dios, de la gracia divina: aquí se resuelve la pregunta tantas veces planteada de por qué hay gente que cree y gente que no cree: “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. La fe es un don...
Aunque también en nosotros halla un complemento la respuesta a esa pregunta. La alabanza de Jesús al Padre que abre el referido pasaje evangélico de este domingo halla su justificación en el hecho de que el Padre ha querido revelar estas cosas a los sencillos. Aquí se sitúa otra de las claves para comprender el por qué de la fe de unos y la incredulidad de otros: sencillez de corazón, abandono a Dios más allá de la racionalidad fría y calculadora, apertura a lo invisible más allá de lo visible, mansedumbre y humildad de corazón. En definitiva, reconocimiento de nuestra condición de seres limitados: sin estas actitudes resulta imposible acceder a la fe, imposible que Dios se meta dentro de nosotros, nos revele su misterio y, por su Hijo, nos haga nada más y nada menos que hijos suyos...: “Te doy gracias, Padre..., porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. ¿Quién se atreverá a pedir cuentas a Dios de que a él, Señor de cielo y tierra, le haya parecido bien actuar así?