Le recuerdo abacial, ilustrado, vehemente, con mucha mano izquierda, valiente y valenciano, sobre todo muy valenciano. Comenzaba yo en el oficio y andaba trasteando por los pasillos municipales.
Le tocó ser alcalde en un tiempo muy difícil, de 1973 a 1979. Le pilló el final del franquismo y el inicio de la democracia. Salía de decano del Colegio de Abogados, donde tuvo un excelente cartel entre la abogacía, y lo engancharon materialmente para alcalde en una época que fue un verdadero marrón.
Los del Partido Comunista, disfrazados de asociaciones de vecinos, iban todos los días al Ayuntamiento a montarle 'cirios'. No le dejaban tranquilo. Él les recibía a todos y hablaba con ellos. No se amilanaba.
Con el tiempo, con su fina ironía y socarronería, se reía de que todos aquellos protestantes se habían colocado de funcionarios o de políticos y con el nuevo estatus se acabaron los revolucionarios. Como en la película, del rojo al amarillo.
Desde los años 50, la burguesía especuladora estaba intentando arrasar El Saler y levantar allí cajas de zapatos en plan Benidorm. Fue una lucha larga en la que el Ayuntamiento de Valencia franquista estuvo a punto de sucumbir, entusiasmado por el canto de sirenas de los desarrollistas.
En su breve período de gobierno hizo cosas extraordinarias, como salvar El Saler y el viejo cauce del Turia, que querían convertirlo en autopista, sacrificarlo a favor de los coches. Logró que el Rey firmara a favor de la ciudad de Valencia la propiedad del lecho del históricamente siempre embravecido en los otoños, río Turia.
Maria Consuelo Reyna, cuando el periódico en el que trabajaba era lo que era y no la cosa ésa que es ahora, sacó los tanques y no dejó especulador vivo en El Saler, ni en el cauce.
Desarrolló dos grandes campaña una bajo el lema "El Saler per al poble" y "El riu es nostre i el volem verd". Al final se consiguió.
Miguel Ramón Izquierdo firmó la paralización de las subastas de parcelas de El Saler y evitó que las torres de los privilegiados se hicieran con toda la preciosa y singular flora y bosques mediterráneos del lugar. También, evitó que el viejo cauce fuera llevada al matadero de las infraestructuras.
De los 30 años de la salvación del viejo cauce dábamos cuenta en nuestra edición del pasado 17 de diciembre. En una foto estaba él, ilusionado, plantando un árbol, junto a nuestra alcaldesa, Rita Barberá.
A este acto no acudieron los socialistas, estaban de fin de semana, como estuvieron de vacaciones durante el franquismo. Les molestaba que se les recordara que un alcalde franquista fuera tan ecologista.
Siendo ello importante para Valencia, a mí, de Miguel Ramón Izquierdo lo que más me gustaba era su valencianía. Rezumaba valencianía por todos los poros. No era valenciano y valencianista de boquilla, sino practicante.
Cofundó con un mini grupo de románticos Unión Valenciana, también cuando Unión Valenciana era lo que era y no la cosa ésta que es ahora. Lanzó el barco a la mar y navegó estupendamente. Contra el PSOE y su catalanidad, el valencianismo político subió como la espuma.
Brillaba tanto y era tan valioso, que los mediocres de la cúpula de Unión Valenciana, para que no les debilitara, le hicieron la vida imposible y se marchó a casa, con su familia, su gran tesoro, a la que dedicó las mejores horas de su vida.
Precisamente, a él dedicamos dos páginas en el primer número de Valéncia hui, en noviembre del pasado año. Hacía unas profundas y serias reflexiones sobre lo nuestro como pueblo, puro surrealismo.
Explicaba Miguel Ramón Izquierdo que, en la actualidad los responsables máximos del catalanismo son los de la Academia Valenciana de la Lengua, y lamentaba:"Yo no se qué más necesitan los valencianos para reaccionar con todos los golpes que reciben, como la anulación del trasvase".