Ocho y veinticinco de la mañana. Viernes, 4 de enero. Boca del Metro de Benimaclet. Bajo las escaleras exteriores para tomar una unidad y veo que, a duras penas, un hombre sube los escalones con una maleta a rastras y varios paquetes. Mentalmente me pregunto por qué no habrá tomado el ascensor.
No hace falta respuesta. Detrás de él, azuzándole verbalmente, dos casacas verdes de seguridad del metro. Un hombre y una mujer. Ella rubia, peinada con cola de caballo.
El de la maleta, por el aspecto externo, debe ser un indigente, que se ha debido refugiar en la estación, resguardándose del frío y de la noche, y está siendo expulsado, deduzco, del recinto, imagino que porque deben tener órdenes en este sentido.
Si zahiere el alma la situación de este pobre mendicante, sin techo, más zahiere el trato que le da uno de los vigilantes. La mujer, muy amable, suave, comprensiva y humana, le va explicando que debe acudir a Cáritas para ver si le pueden ayudar u orientarle en su problema de carencia y necesidad.
Su compañero ‘segurata’, que ya le ha dicho unas cuantas al mendigo, le espeta a su compañera, en voz alta: “Por qué le tratas de usted a éste”. No le concede ni el derecho al usted.
La reconvención es doblemente insultante. La mujer de seguridad ha hecho lo que tenía que hacer, por obligación, pero lo ha hecho respetando la dignidad humana del mendigo. El compañero vigilante ha demostrado una total falta de educación y cortesía, de desempeñar mal, a patadas, su misión.
Ferrocarrils de la Generalitat Valenciana debería dar unos cursillos acelerados a determinados individuos que trabajan para la compañía, romanizarlos un poco, porque el total de la plantilla, todos unos profesionales excelentes, no se merecen la imagen que este tipo de ciudadanos les crean.
En Madrid, cuando hace frío, mucho frío, el Metro deja que en sus instalaciones se alojen los sin techo, antes de que se les mueran por las calles de frío en esta sociedad de la opulencia.
Y si no hay que dejarlos vivir allí en invierno por las noches, al menos que cuando se les desaloje, se haga con educación, humanidad y comprensión, no sólo para con el indigente, también para con aquellos vigilantes ejemplares que realizan su cometido debidamente, de acuerdo a los protocolos de actuación, sabiendo que los otros son seres como ellos, dotados de dignidad humana.
Que piensen, en última instancia, que ese indigente hubiera podido ser su padre o hermano.