Acaba de nacer otro grupúsculo valencianista, no éramos bastantes y parió la burra. El sentimiento valencianista está muy arraigado en el pueblo, para nada es catalanista.
Un pueblo que nunca ha tenido suerte en tener líderes valencianistas como Dios manda. No los ha tenido por la derecha, ni por la izquierda, ni por el centro, ni por el propio valencianismo político.
El alto grado de imposición catalanista en el ámbito educativo y en las Administraciones lo dicen todo. Unos sembraron, otros lo consintieron y los que deberían ser aguerridos militantes del valencianismo y opositores al catalanismo andan de cutres enzarzados en rencillas de vecindad. ‘Ara te junte, ara no te junte’, como si estuvieran en una ‘escola de cagons’.
Filosofando estas cosas ayer, me dio por irme a la ‘mascletà’, que es lo único que en Valencia tiene poder de convocatoria y une.
La ‘mascletà’ contagia, enerva. Desde mucho antes de comenzar, ríos de gente fluyen a pie hacia la plaza del Ayuntamiento.
Sale todo el mundo, sin distingos, jóvenes y viejos, chicas primaverales, y se agolpan apiñados, amalgamados, en torno del recinto del fuego.
Uno se encuentra en la ‘mascletà’ de todo: compañeros de instituto, de la mili, los/las amigos de la infancia, es el lugar ideal para encontrar lo que un día se perdió.
No hay colores ni idelogías, nacionalidades o banderas. Es un pueblo unido, unidísimo, en torno a la fiesta, al rito del fuego y de la pólvora. El silencio se hace presente para escuchar el atronador ritmo ‘in crescendo’ del ruido.
Todos unidos, brazo con brazo, codo con codo, sin discrepar, unidos por la pólvora que aquí es para el disfrute de la vida y no la muerte.
La ‘mascletà’ es lo único, en los últimos años, que nos une a los valencianos, a la inmensa mayoría de los valencianos, nos seduce, nos engancha. Ayer en ella, me encontré a muchos que durante el disparo encendieron sus móviles para retransmitir en directo a valencianos que están lejos de aquí el sonido de la ‘mascletà’ del día, llevándola más allá de nuestras fronteras.
En medio del gentío me encontré un grupo de muchachas, quinceañeras, con camisetas donde se leía ‘Valencianes fins a morir’. Iban unidas, abrazadas, agarradas por el hombro, felices, radiantes, profesando una misma fe.
Sobran capillitas, fundamentalistas, y mercachifles en la política y nos faltan líderes que sepan lo que el pueblo quiere y demanda, que tengan la decencia de auscultar a su pueblo y complacerlo.