No hay árbol que el viento no haya sacudido, dice el proverbio hindú. Los años tienen las paciencias más extensas que los días, pero todos acaban de igual manera para el ser humano. Un día pare otro y la rueda del universo parece que tiene todas las horas de la creación por delante. Los días hacen su camino con mansedumbre, sin que les preocupe el principio ni el final. El día siempre regresa, a diferencia del villancico, “y nosotros nos iremos y no volveremos más”. Al día, en ocasiones, se lo traga la lluvia, otras se lo lleva el huracán y, las más de las veces, se lo queda la noche. Pero, ciertamente, cada día del calendario, ha representado un papel diferente en la historia.
Los días de la semana tienen su origen en la mitología romana. La semana de siete días se iniciaba y se cerraba en dos días de mercado, “nundinae”. Los romanos asociaban los dioses con el cielo. Por ello, a los planetas los bautizaron con nombres de sus dioses. Cada día de la semana estaba dedicado a un astro diferente: el lunes era el “dies lunae”, día de la Luna; el martes, día del dios Marte; el miércoles, dedicado a Mercurio; el jueves, dedicado al dios Júpiter; el viernes constituía el día de la diosa Venus; el sábado, día del dios Saturno; el domingo, día del Sol. Con la llegada del cristianismo, el domingo pasó a llamarse “dies Dominicus”, Día del Señor. Los ingleses mantienen la etimología: “Sunday” es el Sol. Los nombres latinos son transliteraciones de los nombres griegos y éstos de los babilonios que, a su vez, se basaban en los sumerios.
-El mundo hace su oficio, llamemos como llamemos a los días.
-Bernard Shaw decía que cuando Dios creó el mundo vio que era bueno. ¿Qué dirá ahora?