"Aquel tiempo tan feliz en que éramos tan desgraciados”. Son palabras del escritor francés, Alejandro Dumas. Como se ve, muy lejanas de nuestro “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Bien mirado, hasta los años más oscuros, cuando se ven desde la distancia, guardan algo de nostalgia. Es el apego del corazón a los caminos ya transitados. Con los años mozos aupados en la osamenta, nadie necesita presumir de salud. ¿Realmente le interesa a alguien la posteridad? Sólo cuenta el presente y la muerte propia coge siempre a contramano. Pero ese final igualará al necio más zafio y al vicioso almorraniento con el santo y con el sabio.
Siempre es grato recordar las últimas palabras de los seres queridos. Un médico alemán, Hans Halter, ha editado un libro en el que recoge un ramillete de frases pronunciadas por personajes famosos antes de morir. El libro ‘Ya he cumplido mi misión aquí’ toma el título de las últimas palabras de Einstein. Oscar Wilde aguardaba la muerte en un hotel de París, con una copa de champagne en la mano: “Muero como he vivido, por encima de mis posibilidades”. Y así, hasta 150 personalidades. Tolstoi, el autor de Guerra y Paz, en su aliento final se preguntaba: “¿Cómo mueren los campesinos?”. Balzac, genial novelista francés, exclamó: “Ocho horas de fiebre. ¡Me hubiera dado tiempo de escribir un libro!”. Víctor Hugo, el autor de Los Miserables, dijo: “Veo la luz negra”. El más sobrecogedor, Mozart: “Tengo en la boca el sabor de la muerte. Siento algo que no es de este mundo”.
-Cuando muera, echadme a los lobos -dijo Diógenes el Cínico.
-¿Por qué?
-Porque ya estoy acostumbrado.