Los niños le temen a la oscuridad y los adultos le tienen miedo a la muerte, escribió el filósofo Bacon. La sabiduría oriental dice que si no se conoce la vida, ¿cómo será posible conocer la muerte? Pues, pese a todo, nos pasamos gran parte del tiempo dándole vueltas al último órdago, que es la muerte. Es fácil despreciar de palabra los fastos del lujo y las vanidades.
Pero, a cada achaque y a cada miseria que nos acerca el reloj, se echa de menos el disfrute pleno de la vida. Es curioso. La pequeñez de un órgano humano es capaz de truncar la grandeza de una existencia. Hoy por hoy, no hay precio para los órganos de un donante ya muerto, como tampoco lo hay para la vida que se regala. Y es que en este mundo loco unos duran mucho y otros poco.
En Paris, un hombre de 45 años sufrió un infarto de miocardio en plena calle. Los médicos que le atendieron en primera instancia no lograron reanimarle, por lo que se le trasladó a un hospital equipado para llevar a cabo tratamientos coronarios. Todos los cuidados resultaron infructuosos y, pese a los intentos, el corazón no volvió a latir. Según explicaron en el hospital “el hombre se convirtió en donante de órganos “a corazón parado”, sin muerte cerebral pero supuestamente sin posibilidades de reanimación”. El equipo de cirujanos preparó al paciente para extraerle varios órganos. Pero cuando iban a iniciar la intervención, el hombre empezó a respirar, reaccionando a los estímulos y al dolor. El enfermo superó el mal trance, pero se ignora si fue informado del riesgo que corrió.
-La muerte, a veces, es una buena medicina.
-Muy bien pero, ¿no hay otras medicinas?