Proliferan por doquier los pasmarotes colgados en los balcones; rateros de trapo, revientapisos in fraganti que penden, estáticos, congelados, numerosísimos, a la vista de todo el vecindario. Es la moda papanoélica, el último grito navideño, la más reciente manifestación del gregarismo nacional.
Nuestra sociedad, bombardeada sin tregua por audiovisualidades de corte yanqui, se llena de papanoélicos. Unos por evitar el tradicional “examen” de comportamiento; otros por tener antes los regalos; y la mayoría, simplemente, por imitar al vecino. El caso es que resulta imposible alzar la vista y no ver decenas de Santa Claus trepando por las fachadas. Los hay tan conseguidos que hasta sobresaltan al distraído peatón que los encuentra. Y es que ni siquiera los muñecos de Papá Noel -San Nicolás con el ridículo atavío rojo de Coca-cola- escapan a la jerarquización pecuniaria: desde los baratos, producto estrella de “todo a 1€” en estas fechas, con las piernas fofas, la cabeza caída y un tanto desnutridos, hasta los de postín, bien rebutidos de borra y con extra de bombillas en la caperuza y la escalera de cuerda. La vanidad humana ofrece infinitas posibilidades de negocio.
Pero la cosa no va de vanidades ni de postines; la cosa va de banalización y de huida: el papanoelismo nórdico al que se apuntan sin pensar multitudes meridionales tiene mucho que ver con cierto abandono, a nivel europeo, de las raíces cristianas; con cierta relegación de la espiritualidad al ámbito privado; con cierta corriente neoprotestante; con cierta concepción comodona de la fe.
Los papanoélicos trivializan o dejan que les trivialicen su existencia; disocian o dejan que les disocien el concepto “fiesta religiosa” para quedarse únicamente con el primer término, y luego le buscan o dejan que le busquen sentidos falsos: huyen del compromiso que supone Cristo, cuyo nacimiento es el único motivo de la Navidad.