¿En qué quedamos? ¿Es bueno, el entrenador del Valencia, o es malo? ¿Nos traerá la ruina futbolística o nos conducirá con paso firme hasta el éxito? ¿Es un héroe o un villano? ¿Merece aclamaciones o vituperios? ¿Debe irse o debe quedarse? Lo pregunto a los aficionados, porque me tienen perplejo con el cambio diametral de sus afectos tras la victoria en semifinales.
Me apresuro a decir que no descarto en absoluto la existencia de profundas razones, impenetrables para un profano en la balompedia, que justifiquen tales veleidades en la hinchada; pero permítaseme, aunque sólo sea por deportividad especulativa, que habiendo puesto en duda mi experiencia futbolística, cuestione también el criterio del aficionado ché. ¿Cómo no hacerlo, si he visto cómo los mismos que ayer pedían a gritos la defenestración de Koeman le cantan ahora, mansos como corderitos, el Cumpleaños feliz?
Yo siempre había pensado, además, que para entrenar a un equipo de fútbol no hacían falta koemans, schusters, flores, rijkaards y demás enanas blancas de sueldo hipertrófico. Al fin y al cabo, quienes juegan son los jugadores, y para pergeñar estrategias que luego el contrincante permitirá o desarbolará basta y sobra, en cualquier club, con la gente de casa. Incluso me atrevo a sugerir que no hay bar español sin algún aficionado perfectamente apto para dirigir el juego de once futbolistas.
La realidad, en cambio, excede con mucho mis ingenuas suposiciones, y no solamente resulta imprescindible, para estar en primera división, tener un “técnico” de abultada nómina sino que -los forofos del Valencia lo han demostrado por enésima vez- el talento de dicho “técnico” puede fluctuar entre la excelencia y la zoquetería en cuestión de horas. Misterios del fútbol.
O chorradas. Un solo triunfo y multitudes ingentes cambian el “Koeman vete ya” por el “Koeman quédate”. ¿Cabe mayor elocuencia para definir el futbolerío ibérico?