Llueven chuzos de punta desde algunos sectores sobre Mariano Rajoy, al que se acusa de pasividad. La crítica, no siempre desinteresada, apunta a que con su supuesta indolencia, Rajoy estaría dejando el campo libre a los socialistas en el arranque de la legislatura.
El caso es que, coincidiendo con esta quincena de chaparrón sobre el comportamiento de los populares, nos enteramos de que la compraventa de viviendas desciende un 28% y los ingresos del Estado un 27%; de que crecen las sombras sobre el sistema financiero español; de que la caída del mercado inmobiliario se llevará por delante un punto del producto interior bruto mientras las empresas públicas aumentan sus deudas en un 28%. Conocemos que el euribor se dispara y la inflación resta competitividad a la economía española y anula la rebaja fiscal promocionada por el señor Rodríguez. Se multiplica la morosidad. Los promotores anuncian que casi 800.000 personas se quedarán sin trabajo por causa de la crisis de la construcción. Y mientras tanto el Gobierno intentando sentar al mayor número posible de nacionalistas en la mesa del Congreso.
Hace años que los más rigurosos analistas advertían acerca de lo que iba a pasar. Y hace no menos de un año que la crisis se manifestó de manera evidente para estallar con toda su crudeza muchos meses antes de que empezara la última campaña electoral.
Tras pasar casi una década denunciando lo que denominaban la economía del ladrillo y sus riesgos, el PSOE llegó al gobierno y pasó toda la legislatura anterior gastando el dinero público con entusiasmo en francachelas identitarias, en alianzas inútiles con civilizaciones dictatoriales, en subvencionar a los compañeros de viaje y en entregar el dinero de todos a los nacionalistas, incluidos los que matan.
Cuando la crisis se hizo patente, la actitud del gobierno socialista no cambió un ápice. Se limitaron a negar la realidad. ¿Crisis? ¿Qué crisis? Durante la inacabable campaña electoral arremetieron contra los que señalaban los peligros y, mientras los precios se desbocaban, sostuvieron sin avergonzarse que las cosas se arreglarían a partir del día 10 de marzo. Como por arte de magia, porque jamás explicaron las razones que les inducían a anunciar tales milagros.
Pues bien, terminada la campaña, celebradas las elecciones y reelegido el mismo partido con el mismo presidente y el mismo ministro de Economía, el PSOE sigue sin mover un dedo para resolver una crisis que ha convertido a España en el país europeo con indicadores más negros. Pero curiosamente de lo que se habla es de lo pasivo que está Mariano Rajoy.