¿Y el votante? ¿Y el militante?

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25.04.08 | 00:38. Archivado en Miguel Vidal Santos

Ni paro, ni crisis económica, ni burbuja inmobiliaria. Todos esos asuntos son graves, pero terminaremos superándolos. En cambio nuestro problema más peligroso podría superarse en 2012… o todo lo contrario. Y si no se resuelve, acabará lanzándonos a todos al abismo en el plazo de apenas dos generaciones. Nuestro problema nacional se llama José Luis Rodríguez Zapatero. El líder del PSOE intenta rematar la faena de imposición del pensamiento políticamente correcto, una labor que la izquierda inició en la última década del franquismo.

Frente a ese problema unos parecen ser partidarios de hacer la vista gorda y sumarse al relativismo constitucional, que tan pronto admite una nación como diecisiete, y al relativismo lingüístico, que permite cambiar el diccionario para que “trasvase” signifique lo que no significa. En suma, la opción del relativismo progresista consiste en mirar para otro lado y esperar a que escampe. No hagamos nada, molestemos lo más mínimo al sistema imperante, y dejemos que se equivoquen, que ya llegará nuestro momento. Se trata de una opción perfectamente legítima que, en manos del PP, incluso ha probado su eficacia en algunas regiones. Tiene una ventaja importante: no genera ruido, no enfrenta a la gente con sus propios problemas colectivos, no pide a nadie sentido de la responsabilidad, lo que en estos tiempos está considerado por muchos como una ardua tarea, fatigosa y aun aburrida. En suma, dicho en términos socialistas, no “crispa”.
La segunda opción que se plantea desde una actitud crítica frente a la labor del gobierno zapatero es la defensa de las propias ideas con todos los medios legítimos de que se disponga, sin importar lo que puedan decir los adversarios políticos y mediáticos.

Muchos analistas evalúan los votos obtenidos por el PP en las últimas legislativas para deducir que el peso electoral de este partido ha aumentado tras la defensa durante cuatro años de unas determinadas ideas. Unas ideas que han permitido al PP un número de diputados jamás alcanzado.

Así quieren algunos la realidad, con esas dos únicas opciones enfrentadas. Pero los militantes y simpatizantes del PP, muchos de ellos desconcertados y/o cabreados estos días, están en otros menesteres. Piden muy poquitas cosas. Pero muy claras: rechazan la idea de ceder, incluso la del mero resistir, también la de contemporizar con un rival empeñado en convertirse en enemigo. Y reclaman unidad.

Para los ciudadanos que simpatizaron con el Mariano Rajoy de los grandes discursos de la pasada legislatura, estas simples ideas son más importantes que las urgencias congresuales y los artificios retóricos basados en etiquetas y personalismos.

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