Un retórico griego del siglo segundo, llamado Luciano, declaró que Roma era “parte del paraíso”; diecisiete siglos después el poeta inglés Shelley, buen viajero, consideraba que “esta majestuosa ciudad supera la de cualquier lugar que haya visitado en mis viajes”. Distintas guías proponen la visita en uno o varios días; por muchos que sean, vano intento, porque incluso quienes la han “vivido” años se reconocen distantes de un “dominio” completo de sus ¿16? posibles itinerarios: Capitolio, Foro, Palatino, Piazza de la Rotonda, Piazza Navona, Piazza di Spagna, Campo de Fiori, Quirinal, Esquilino, Luterano, Caracalla, Aventino, Trastevere, Gianicolo, Vaticano y Vía Véneto.
Les deseo suerte sin cansancio a los paseantes del día de hoy. Si el crucero trata de explicar algunas cosas sobre Alfonso el Magnánimo, mi obligación discente pasa por referirme a sus relaciones romanas. Ya saben ustedes, que la ciudad valenciana de Xàtiva dio dos Papas a la Iglesia Católica, Calixto III y Alejandro VI, ambos de la familia Borja, italianizada Borgia. Una historia que algunos representan caótica, e incluso “criminal”. No entro al envite, que ya alguna que otra vez estos espacios se han ocupado de ciertas verdades que no deben ignorarse. Pero hoy, cuando ustedes recorran Roma, y al menos divisen el Vaticano, no estará de más que hagan memoria de la relación Calixto III-Alfonso el Magnánimo.
Para ciertos historiadores se trata incluso de una idea monodimensional de la Cruzada, porque uno de sus principales empeños fue la lucha contra el turco, que dos años antes de ser Papa había llegado a provocar la caída de Constantinopla. Al ser elegido Papa, llegó a Roma una espléndida embajada napolitana.
Los enviados del Magnánimo tenían órdenes de tratar muy de cerca dos temas con su antiguo servidor. Uno era la canonización de Vicent Ferrer que ya había puesto en marcha Nicolás V, quien precisamente le había confiado el proceso al cardenal Borja; otro asegurar a Calixto que Alfonso tenía la intención de apremiar una cruzada para redimir Constantinopla, la misión que el nuevo pontífice consideraba que le había confiado la divina providencia. El Papa regaló a los embajadores algunos libros de su biblioteca para que enriquecieran la de Alfonso; entre ellos los apetecidos comentarios de Nicolás de Lyre.
Durante unas semanas hubo plena armonía entre Roma y Nápoles. La canonización de Sant Vicent Ferrer fue celebrada el 29 de junio de 1455. Alfonso expresó su aprobación confirmando las gracias e indulgencias garantizadas por Nicolás V a los cruzados, así como la proclama de Calixto III en el sentido de que la gran expedición contra los turcos se pondría en marcha el 1 de marzo de 1456.
Más adelante se fueron planteando discrepancias. ¿Quién fue el responsable?. Les aconsejo, cuando regresen a Valencia, la lectura de la biografía “Calixto III” obra del académico electo de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana, Miguel Navarro Sorní, basada en documentación auténtica y que dedica al problema un amplio capítulo: la fase inicial de colaboración entre Calixto III y Alfonso V en la cruzada; Alfonso V y la expedición naval de Calixto III; y la concesión de la décima de cruzada al rey Alfonso y la exacción de la misma en la Corona de Aragón.
Como ustedes hoy “hablarán” en italiano, me permito la licencia de transcribir esta crítica del Magnánimo al Papa: “dicendo que non sapeva (el Papa) ché se pescase con queste sue cruciata e che se pasceva de sogni e che andava jactando et butando via el tesoro de la Ghiexa”, lo que no empece afirmar la dignidad-desdicha por el propósito papal de Cruzada y ante la indiferencia general de los estados cristianos.