La niebla desciende sobre la ciudad de Buenos Aires, y tanto en el Aeroparque, céntrico, situado junto al río de la Plata, como en el aeropuerto internacional de Ezeiza se hace tan espesa que dificulta la visión necesaria y exigible para el despegue y aterrizaje de las aeronaves; en el primero de ellos se producen quejas por la suspensión de los vuelos; los pasajeros, acostumbrados en aquel país a las caceroladas como medio de protesta contra lo que rechazan, utilizan recipientes destinados a deshechos, como papeleras, para golpearlas en señal de disconformidad ante la falta de información suficiente de lo que acaece.
Mientras, en el aeropuerto de Asunción, en Paraguay, mejicanos, argentinos, españoles, peruanos, hondureños, chilenos, y de otros países de Iberoamérica esperamos, desesperamos mejor, saber si volamos o no de regreso a nuestras respectivas patrias, y cuando, y no respuestas elusivas e inciertas. En la televisión del bar del aeropuerto, donde nos dicen que aguardemos, comienza la retransmisión, en directo, del partido España-Alemania para la Eurocopa. El gol español provoca una extraordinaria reacción de alegría entre los presentes; todos comentan la jugada, y la puesta en pie, espontánea, de Su Majestad la Reina Doña Sofía, su alegría y la cara de satisfacción del Rey Don Juan Carlos. Los comentarios y expresiones de alegría se efectúan en el idioma común: español.
Finalizado el encuentro deportivo, y confirmada la suspensión de todos los vuelos de la compañía argentina hasta el siguiente día, anuncian vamos a ser trasladados, equipajes incluidos, de nuevo, a la ciudad de Asunción, disponiendo nuestro alojamiento en diversos hoteles de la ciudad. Todos manifestamos nuestra queja pues, finalizado nuestro trabajo, deseamos llegar a nuestras casas; pero la vida es así: no siempre consigue uno que sus deseos se realicen, ni con la prontitud deseada. El único consuelo es que disponemos de unas horas más junto a nuestros amigos y compañeros del otro lado del océano compartiendo ideas y experiencias, y estrechando más, si cabe, nuestros fuertes lazos de amistad, comunicándonos en la lengua común, la española. Veinticuatro horas después iniciamos vuelo de regreso a casa.
Llegamos a Buenos Aires; en el avión hacia Madrid, con dos horas de retraso, nos facilitan la prensa bonaerense, escrita, como no, en lengua española, como en español vitoreaban todos el gol del equipo español sobre el alemán, como todos, iberoamericanos y españoles, habíamos realizado los comentarios sobre la alegría de nuestros Reyes, como todos habíamos utilizado nuestra común lengua española durante nuestras reuniones de estudio y trabajo: venezolanos, colombianos, hondureños, argentinos, peruanos, chilenos, paraguayos, uruguayos, mejicanos, españoles… La lengua española es la que nos une a los países iberoamericanos, más que nuestra común historia, que cada uno cuenta según le fue, y cada cual ofrece una versión patriótica de la misma, según le interesa. Ojeas el periódico y observas, incluso, como el desafortunado lapsus de nuestra joven ministra de la igualdad, hablando de “la miembra”, es estudiado y criticado, con respeto, por una periodista argentina de La Nación, que llega a la conclusión de que tal palabra no es correcta, y que no lo será, al menos, mientras el pueblo no la convierta en normal mediante su uso, confirmando una de las verdades que reiteramos hasta la saciedad desde las instituciones valencianistas: la lengua la hace el pueblo que la usa y no se impone desde Academias con funciones normativas de obligado cumplimiento, como las de la AVL.
En España, la prensa nacional informa del Manifiesto firmado por diversas personalidades españolas de los más diversos ámbitos culturales, que intentan, frente a algunas políticas autonómicas exageradas, defender el uso del español por ser lengua común, de unión, entre todos los españoles, cualquiera que sea la lengua propia y peculiar de cada comunidad autónoma, como lo es de toda la comunidad iberoamericana. Incluso cuentan los periódicos, como se han adherido personas, cuya fotografía aparecía incluso, para que no hubiere dudas, que pese a ser valencianos, vivir en Valencia, y trabajar con cargo a nuestros presupuestos, no sólo no han defendido con el mismo interés, y sin carácter excluyente del castellano, nuestra lengua propia, la lengua valenciana, sino que han hecho posible que sea ésta poco a poco sustituida por el dialecto barceloní, o por el inventado idioma “convergente”.
Es doloroso que haya sido necesario el Manifiesto, pues es hermoso hablar una lengua que une a cientos de millones de seres humanos, pero también, que en Valencia no hayamos promovido, ya, un Manifiesto en defensa de nuestra lengua valenciana, la que nos enseñaron nuestros padres y hablaron nuestros antepasados, frente a la “lengua convergente” que nos quieren imponer. Solamente las instituciones valencianistas, defendiéndola frente a tales agresiones, aunque sea vía de resistencia, hacen caso omiso de imposiciones normativas, y siguen manteniéndola con la pureza que impone su importancia histórica.