2008 Año del Magnánimo: biotipo

29.03.08 | 00:03. Archivado en Columnas

La aportación más jugosa, de la ayer citada obra de Igual Úbeda se refiere al ‘ensayo de su fisonomía’, partiendo de cierta valoración común de que el Magnánimo ‘más que un rey de Valencia era un rey valenciano’, es decir que su temperamento, su carácter y hasta su fisonomía parecían propios y naturales de Valencia.

Para reforzar esta afinidad del carácter de Alfonso V (III de Valencia) con el tipo racial valenciano, ofrece el autor la comparación con un retrato del Papa Alejandro VI original del ‘Pinturicchio’; con la admirable escultura de Ignacio Pinazo titulada ‘El alcalde de Benifaraig’; y con la escultura del mismo Magnánimo, obra de los escultores Isaías de Pisa y Andrés Silvestre de Aquila, que figura en el gran arco de la fortaleza de Castel Nuevo en Nápoles. Para Igual Úbeda responden al mismo biotipo; y la comparación de las tres imágenes, sorprendentemente, así lo confirma. Es como tener ‘un doble’ en siglos distintos, no coetáneos.

‘Estudiando el rostro de estos tres personajes, fácil es atribuirles una contextura pícnica. La frente curvada con suavidad; la mitrada más que agresiva escrutadora, excepto en Alejandro VI, por su exoftalmia; la acumulación de grasa en los párpados reduce el orificio palpebral, contrae el entrecejo y da a la mirada esta expresión de ‘ojos de marinero’ o de pintor que tantos valencianos grandes han poseído también; la nariz aguileña no lo es prominente con exceso, y lo más destacado es la función del músculo elevador de sus aletas y del labio superior, que da al rostro una expresión de descontento y de marcada sensualidad; tal vez el rasgo más personal reside en los labios, carnosos y glotones, como signo exterior de un ávido espíritu que se traduce en palabras con avasalladora fuerza’.

El biotipo alfonsino está claro: hombre con ansia de poder y pasión de mando, hombre de acción y de pensamiento, hábil y valeroso, ambicioso pero no egoísta, temperamento, en fin, violento, sanguíneo, excitable y apasionado.

Pero resulta que de la comparación viene, de inmediato, el contraste y la oposición de caracteres. Y tampoco esta apreciación falta en la obra de Igual Úbeda.

Es curioso advertir -advierte- como en esta clase de hombres no predomina el biotipo pícnico sino el asténico, flemático, cauteloso, egoísta, más cruel que intrépido, más vengativo que irritable. Pone como ejemplos a Sforza y Visconti, Malatesta y Gattamelata, ‘casi todos ellos de mirada interrogante, de nariz aguda y pómulos salientes, de labios finos, herméticos, que parecen dibujar una sonrisa indefinible, entre mueca y rictus, sin que venga a ser otra cosa que la acción involuntaria del músculo buccinador que, fijando sus extremos en la barbilla, oprime los labios sobre los dientes como una ceñida venda’.

Cita como ejemplos ‘contradictorios’: a Borso D’Este, pintado por Cosme Tura en el mural del palacio ferrarés de Schifanoia, con gesto ambiguo, de indefinible astucia, en el que aparece el famoso bufón Gonella, incomparable ‘imitador’ de dialectos; y sobre todo a quien considera con matices más diversos y sugestivos, Federico Montefeltro, pintado en su residencia de Urbino, que destaca por sus labios, poco a nada prominentes, delgados y sutiles; quizá coincidieron en que ambos fueron Mecenas, pero habría que investigar si uno coleccionaba libros para exhibirlos, y otro, el Magnánimo, para leerlos.

Ciertamente la sabiduría no tiene, ni tendrá fin, como igualmente la ‘investigación intelectual’. ¡Quién iba a imaginarse que eran idénticos el biotipo del Magnánimo y el del ‘llaurador de Benifaraig’!. El amigo de mi padre y mío, Antonio, era genial.

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