Hoy, 1º de Mayo, es la fiesta del movimiento obrero mundial. En el fondo, aunque no suele recordarse, este día establecido por acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, es una jornada de homenaje a los “Mártires de Chicago”, aquellos sindicalistas anarquistas ajusticiados en USA por haber participado en unas jornadas de lucha para conseguir la jornada laboral de ocho horas, que dieron lugar a la huelga de 1º de mayo de 1886, y tres días más tarde a la trágica revuelta de Haymarket.
Curiosamente el día no se celebra en USA, ya que allí el “labor day” desde 1882 corresponde al primer lunes de septiembre, organizado por la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor).
Lo de la jornada de ocho horas suponía aceptar la teoría de los tres tercios: ocho horas para el trabajo; ocho horas para la casa; ocho horas para el sueño. Y no debe resultar petición extraña si tenemos en cuenta que una ley anterior a 1829 prohibía trabajar ¡más de 18 horas, salvo caso de necesidad! Para que ustedes vean que en todas partes cuecen habas, cuando fracasó la Ley Ingersoll del presidente Andrew Jonson, y se fue a la huelga, no faltó prensa que calificó el movimiento como “indignante e irrespetuoso, delirio de lunáticos poco patriotas, lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo”.
Se fue a la huelga y el redactor de Arbeiter Zeitung, Fischer, a la horca, por imprimir veinticinco mil octavillas que decían entre otras cosas: “¡Secad vuestras lágrimas los que sufrís! ¡Tened coraje esclavos! ¡Levantaos!”.
La problemática ha cambiado, porque a lo largo del siglo XX diversas leyes han reconocido respecto de los trabajadores derechos de respeto, retribución y amparo social. Hoy casi todos los países celebran la fiesta como origen del movimiento obrero moderno. Creo que tan sólo hay tres excepciones: USA, Reino Unido y Andorra, pero no estoy seguro. En 1954 el Papa Pío XII, declaró esta jornada como festividad de San José Obrero.
La OIT, Organización Internacional del Trabajo, hoy en la Sección de Trabajo y Relaciones laborales de la ONU con sede en Ginebra, nació en 1919, dentro del Tratado de Versalles y complementa su regulación con la famosa Declaración de Filadelfia, de 1944. En 1969, alcanzó el Premio Nobel de la Paz.
A día de hoy, destaco dos misiones trascendentales: el empleo decente y la democratización de la globalización.
Hace una década, 1998, estableció unos principios básicos, objetivos, que no deben abandonarse: la libertad asociativa y la libertad sindical y el reconocimiento del derecho de negociación colectiva; la eliminación de todas las formas de trabajo forzoso u obligatorio; la abolición efectiva del trabajo infantil; y la eliminación de la discriminación en materia de empleo y ocupación.
En los últimos años se ha descubierto “el placer del puente”, no digo “puenting”. Hay que escapar a la rutina diaria, hay que salir de la jaula, sea al mar sea a la montaña. Y por supuesto que todos cuantos hacen “puente” tienen derecho a hacerlo, porque “desengrasa” del trabajo, y ociar es muy saludable.
Quienes “puentean” es evidente que no participan en las respectivas manifestaciones, ¿sería demasía pedirles que al menos se acuerden de los objetivos de la OIT que he citado? Porque conseguirlos, alcanzarlos, es obra de todos. Y el más mínimo recuerdo, puede ser “efectivo”.