Celebrar los dos siglos de la ‘Guerra de la Independencia española’, es tarea cuanto menos complicada… y larga. Porque tal guerra España-Francia se mantiene seis años, 1808-1814, y todavía más si iniciamos la celebración en 1807, que todo puede ser. Y todavía más si anotamos la crisis de la monarquía española y el expansionismo francés, entre 1795 y 1807: la guerra de las naranjas se dio en 1801; la batalla de Trafalgar en 1805; y el Tratado de Fontainebleau en 1807.
Aquella Guerra no fue en principio una rebelión del Estado Español contra el ocupante francés, sino la del pueblo español contra el ocupante tolerado, por indiferencia, miedo o interés, de los miembros de la Administración. Y tuvo caracteres insólitos para aquellos tiempos: la intervención femenina de Manuela Malasaña, Clara del Rey o Agustina de Aragón; la guerra asimétrica, que por primera vez utiliza la guerrilla y hace famosos a Vicente Moreno, Espoz y Mina, Jerónimo Merino, el ‘Charro’, el ‘Empecinado’, Romeu el de Sagunt o el ‘Barbudo’, terror de la Sierra de Crevillent; la presencia en Valencia de José Bonaparte; el Tratado de Valencia que restituye en el trono a Fernando VII, ‘el deseado’. Pero seis años de bicentenario son demasiados, al menos para mis fuerzas y mi tiempo.
De modo que en este mes de mayo, a dos siglos del de 1808, tan sólo me voy a referir a dos acontecimientos bicentenarios de levantamiento ‘popular’: 2 de mayo y 23 de mayo.
El 2 de mayo en Madrid fue trágico. Basta detener la mirada en dos cuadros de Goya, el de los fusilamientos y el de la carga de los mamelucos. La clave popular estuvo en Móstoles. Juan Pérez Villamil redactó un bando que firmaron los entonces alcaldes Andrés Torrejón por el estado noble y Simón Hernández por el estado ordinario.
Dicho Bando decía: “Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mí el Alcalde de la villa de Móstoles: Es notorio que los franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; de manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como españoles es necesario que muramos por el Rey y por la patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo. Después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey; procedamos pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los españoles lo son”. No faltan historiadores que acortan tal bando: “La patria está en peligro. Madrid perece, víctima de la perfidia francesa. ¡Españoles, venid a salvarla! Mayo, 2 de 1808. El Alcalde de Móstoles”.
El 23 de mayo en la Plaza de les Panses, entre la Lonja y la Compañía, Vicent Doménech, el Palleter, rasga su faja roja, pone el jirón mayor en el extremo de una caña con una estampa de la Virgen de los Desamparados y lanza su grito famoso: “Un pobre palleter li declara guerra a Napoleó. ¡Vixca Fernando sèptim i muiguen els traïdors!”. Un cuadro de Sorolla lo escenifica; una estatua junto a las Torres de Quart, lo inmortaliza. En las torres los huecos de los bombazos del mariscal Moncey.
El movimiento se oficializa y declaran la guerra: el 24 de mayo la Junta General del Principado de Asturias; el 25 de mayo la Junta Suprema de Gobierno del Reino de Valencia; el 27 la de Cantabria; el 30 la de Galicia; el 1 de junio la de León… y siguen. ¡Por delante, seis años de bicentenarios!