Espero que nadie se escandalizara ayer al leer este espacio por el hecho de enlazar el Oscar, con el nunca oscarizado Antonio de los Reyes Carrasco, hijo de Antonio y Josefa, que nació en Aspe el 11 de septiembre de 1729, que fuera fraile franciscano y primer Obispo de Arizona, Californias (sic, en correcto plural), Nuevo México, Sinaloa y Sonora. Fue el Papa Pío IV quien erigió el Obispado de Sonora, nombre oficial que recibió la nueva diócesis el 7 de mayo de 1779, primero con sede en Arizpe, luego en Álamos.
Si ustedes tienen a mano un mapa de la vasta zona, en 1790, así, de golpe y porrazo, no se extrañaran que afirme que nuestro alicantino tuvo una diócesis que comprendía ambas orillas del golfo de California, pero además superada la península se llegaba por la zona costera hasta San Francisco, pasando naturalmente por San Diego y Los Ángeles. ¡Reyes, primer obispo de la Meca del Cine, cuando no se conocía el cine!
Durante la colonización española, siglo XVI, superada la idea de que la península era una isla, que no era, se hablaba de la “Alta California” aproximadamente el territorio de la actual California USA, que en septiembre/octubre fue explorada por Juan Rodríguez Cabrillo, que pudo permitirse el lujo de pasear San Pedro y Santa Mónica, hoy zona metropolitana de Los Ángeles. De norte a sur venía luego la “Baja California” habitada por Pericúes, Guaycuras y Cochimies, que había sido descubierta por Hernán Cortes y Francisco de Ulloa, entre 1534 y 1540. Y la península acababa con la “Baja California Sur”. Estas dos últimas Californias son en la actualidad “Estados Mexicanos”. Pueden imaginarse la extensión de la diócesis.
Se conoce poco de su estancia valenciana, que acabó en 1767, cuando a los 38 años le encontramos ya evangelizando las vastas provincias del norte de México. En 1771 escribía al Virrey Bucarelli el estado de abandono de las misiones de la Primeria Alta y Baja, lo que descontentó a los medios eclesiásticos oficiales. Su correspondencia demuestra el carácter ordenador y promotor que jugó en la colonización de su vasto obispado. Murió de pulmonía el 6 de marzo de 1787.
El 15 de septiembre de 1784 fechaba un escrito en Sonora, que concluía con un profundo texto “Parecer del Obispo”, en el que trasmitía a Su Majestad algunas vías de solución. No tengo espacio para una trascripción completa pero puedo tratar de explicar su Humanismo:
“Todos los españoles, mulatos y otras castas dispersos por los montes, y los vagos y ociosos en los pueblos de los indios, deben reunirse y formar pueblos para vivir en sociedad y política cristiana… Para el buen orden y gobierno de los pueblos de los españoles que están fundados, y los que de nuevo se funden, se establecerán gobiernos republicanos de los mismos vecinos y se suprimirán generalmente todos los alcaldes mayores… Para fomentar la industria y la agricultura, y que no se impidan los progresos de unas y otras, se señalarán pueblos donde todos sus vecinos sean labradores, otros ganaderos y otros artesanos, mandando observar rigurosamente las leyes agrarias en lo pueblos de laboreo… Sería muy conveniente conceder los privilegios y honores de dos o tres ciudades y seis o más villas en esta gobernación, asignando un día de mercado por mes o semana para fomentar el comercio recíproco de unos pueblos con otros… Con arreglo a las Leyes de Indias y con atención al infeliz estado de los indios de estas misiones, se formalizará el estado y gobierno de sus pueblos, y se declararán las facultades de los misioneros, para que con suavidad y fuerza los obliguen a vivir en policía, formar sus casas y pueblos, cultivar sus propias tierras, comerciar sus frutos, trabajar de comunidad, y los castigos que se han de dar a los viciosos y ociosos”.