Incansable Antonio Margil de Jesús

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08.05.08 | 01:57. Archivado en Vicente L. Simó Santonja

En 1742 fray Isidro Félix de Espinosa, Cronista del Colegio de la Santa Cruz de Querétaro, publicaba en Valencia por Joseph Thomas Lucas esta obra de largo título, ‘El peregrino septentrional atlante: delineado en la exemplarissima vida del Venerable Padre Fr. Antonio Marfil de Jesús, fruto de la floridíssima ciudad de Valencia… y aclamado de la piedad por nuevo Apóstol de Guatemala’.

La inmensidad de los grandes espacios americanos no era nada para aquellos misioneros, si se piensa que en los 43 años que duró su misión americana recorrió ‘andando’ territorios de los actuales USA, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, aprendiendo varias lenguas y logrando reducir a pacífica vida de comunidad a muchos grupos de indígenas.

Nació en Valencia el 18 de agosto de 1657, hijo de Juan Margil y Esperanza Ros, siendo bautizado tres días después en la Parroquia de San Juan del Mercado, hoy Santos Juanes. A los 18 años vestía el hábito franciscano en el Convento de la Corona, siendo ordenado sacerdote en 1682 y residiendo en los Conventos de Onda y Dénia, de donde al año siguiente pasó como misionero a las Indias Occidentales. Querétaro en México fue el primer centro de su actividad.

Dicen que bautizó a más de cuarenta mil infieles. Caminaba a pie descalzo, austero, penitente, sin más avituallamiento que un Cristo, el breviario y los utensilios para celebrar misa. Tenía aptitudes musicales que le favorecían su contacto con los indígenas; y en todas las poblaciones establecía las Estaciones del Vía Crucis, y saludaba siempre con el valencianísimo, Ave María Purísima.

La biografía de Espinosa citada es un libro en 4º que supera las 400 páginas, dividido a su vez en tres libros, con un total de 83 capítulos. Los dos primeros libros se refieren a la obra apostólica, ingente, del fraile valenciano; el tercero y último al ‘retrato interior’, copiado de sus virtudes.

El Arzobispo de Manila, Carlos de Bermúdez y Castro, le exaltaba con estas palabras: “haver sido voz, que clamó en las ciudades, en los pueblos, en los campos, en las montañas, en los desiertos, hasta las más diferentes naciones. Fue voz de león para la idolatría, voz de cordero para los penitentes, voz de ángel para los virtuosos, voz de trueno para los protervos, voz de Padre para los desconsolados, voz de pastor para los extraviados…”.

El 6 de agosto de 1726 fallecía en el Convento de San Francisco de México. Sus exequias, presente el Virrey, fueron sonadas como relató Joseph Manuel de Paz, Escribano del Rey: “Las vozes, que resuenan en la cavidad de las peñas, repiten tantos ecos, quantas fueron las vozes… No se aprisionó con los mares la voz de la noticia, llegó a su Patria Valencia y en tres Iglesias se predicaron sus honras y se dieron a la prensa”. En una carta de 26 de noviembre de 1726 se escribía: “las virtudes del V.P. Fr. Antonio Marfil, empleadas tantos años en apostólico misionero, con tantos frutos y aprovechamientos… a que corrobora los experimentados en el Reyno de Valencia su Patria y naturaleza, y los demás que la providencia divina será servida salgan a la luz”.

Leer en 2008 esta biografía escrita en 1742, puede producir varios asombros, que pueden reducirse a dos: cerrar el libro ¿para qué interesan las aventuras de este fraile?, o leerlo con paciencia ¿cómo es posible tanto sacrificio, tanta fe por ‘cristianizar’ en un medio físico totalmente adverso. Descalzo y con un solo hábito, en toda su vida, por abrigo? ¡Cuántas veces hablamos del descubrimiento español como una honra; la honra fue de un puñado de misioneros, entre los que hubo ‘valencianos’!

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