Al comenzar el mes fue obligada la cita al dos de mayo y al “bicentenario” de la Guerra de la Independencia. Quizá recuerden que advertía de un bicentenario “largo”, porque tal guerra duró ¡seis años!, y son muchos seis años de lo mismo, aunque siempre queda el remedio de celebrar efemérides concretas de sucesos y batallas.
Y como la mejor manera de “probar” que puede ser cierto, aquí tienen el caso presente. Hoy 29 de mayo se celebra el bicentenario de la creación por la Junta de Gobierno de Valencia del Regimiento de la Reina 2º, que tenía ¡3.732 plazas!, y que se denominaba “Cazadores voluntarios de Valencia” o “Cazadores de Caro” porque su primer coronel fue el General Caro, famoso él, porque hizo Generala a la Virgen de los Desamparados. Este regimiento se mantuvo hasta 1855, acabada la guerra, para convertirse en regimiento de línea con el nombre de la Reina.
Al hilo de la celebración, el genial Goya, tiene su reconocimiento con una exposición conmemorativa, lo que todos debemos celebrar. Si famoso es el cuadro del dos de mayo, el del tres de mayo no le va a la zaga, en los diversos nombres conocidos: El tres de mayo de 1808 en Madrid, Los fusilamientos de la montaña del Príncipe Pío, o Los fusilamientos del tres de mayo. Inmenso cuadro de 2,68 x 3,47 pintado en 1814.
Goya muestra el fusilamiento de 45 revolucionarios por orden del mal nacido Murat. Quizá sea leyenda, pero se cuenta que Goya siguió de lejos los acontecimientos, se acercó al lugar con una linterna, tomó sus notas; pero quizá sea más cierto que como lo realizó seis años después fue una reacción espontánea al horror. Los fusilamientos en la colina ofrecen el contraste de la desigualdad: los ocho soldados de infantería, un muro de fusiles, contra el grupo de víctimas, variado, desesperado, que espera indefenso el fusilamiento.
De los fusilados destaca el de la camisa blanca, un Cristo en la Cruz, con estigmas en las manos. Las víctimas se podrían clasificar en tres grupos: los muertos, los que están siendo fusilados y los que esperan el fusilamiento. En la primera fila de víctimas, un fraile tonsurado.
No puedo detenerme en la obligada comparación con la “Masacre en Corea” que pintó Picasso en 1951, de estilo expresionista, con ruinas al fondo que recuerdan Hiroshima. Contraste de hombres-máquinas; desnudez de civiles-líneas quebradizas, de destrucción, de violencia, de agresividad.
Y digo que no puedo detenerme, porque prefiero detenerme en “lo mío”. Y en este caso lo mío tiene nombre y apellidos, y pintura. Me refiero a Joaquín Sorolla Bastida. ¿Conocen su pintura “Defensa del Parque de Artillería de Monteleón”?
Pues en 1884 obtuvo medalla en la Exposición Nacional. Representa la gesta de Daoiz y Velarde, en particular de este último. Es un cuadro de “sangre derramada”. Aparecen dos mujeres, una viva con gesto de valentía, junto al segundo cañón; la otra muerta a la izquierda de la pintura, en un charco de sangre que le mana de su cabeza. La pintura es magnífica. Desconozco si aún sigue expuesta en el Museo Balaguer de Vilanova i La Geltrú.
Nuestro más próximo “El Crit del Palleter” es otra cosa; no hay sangre derramada; pero los valencianos que atienden al “crit”, “tenen la sanc calenta” quieren la muerte de los traidores, es decir de Napoleón, y algún que otro “bestia” como Murat que tras quitarles el bozal, dejó sueltos por allá y también por aquí. Todas estas pinturas tienen algo en común: el pueblo que sufre, la sufrida sociología de un pueblo, que a falta de insurrección superior, tuvo que “aminarse per se”.