Reconozco de antemano, que este espacio es “defensivo”, o quizá mejor, “aclaratorio”. Y vaya por delante que no considero que mis espacios sean “eruditos”, porque dada su limitación, cuarenta y nueve líneas medidas de ordenador, pueden tener alguna gota, simple gota, de erudición, pero no alcanzar la “nota” de erudición. Otra cosa es que no se trate de un “espacio”, sino de un texto más amplio, un libro o un artículo “científico” (las ciencias sociales y jurídicas también son ciencias). Y las afirmaciones “rotundas” siempre, siempre, son peligrosas, porque en ocasiones vienen a demostrar que quien las hace es ágrafo.
La defensa viene a cuento porque cierto ágrafo ha dicho de un texto mío que es “demasiado erudito”, lo que sin querer me torna irónico. Cierto que la filosofía griega de un sabio “rotundo” propuso, “nada en demasía”. Pero ¿qué significa “demasiado erudito”?, ¿qué debía ser “menos erudito”?, ¿qué debía ser más mediocre para que la gente lo entendiera?, ¿o que el ágrafo de turno no alcanza a entender de su “listón” hacia arriba?
Vayamos por partes. Se dice que un estudiante, yo sigo siéndolo, es erudito, del latín “eruditus”, cuando la enseñanza y la lectura seguida de la asimilación y comprensión le ha despojado de rudeza, “ex rudis”, puliéndole y educándolo para hacerlo más civilizado. O sea, que la erudición significa profundidad, pulcritud y limpieza, que se aplica a la educación mediante la lectura y la comprensión de los textos literarios, precisamente porque en latín “educare” no es otra cosa que guiar fuera de la ignorancia, y por lo tanto una persona “educada” tiene que ser capaz de pensar críticamente y siempre con lógica deductiva.
Cuando no se tiene familiaridad con la literatura ni horizonte intelectual amplio, puede afirmarse la sandez, de que un texto es “demasiado” erudito, inusitada forma de censura para que los educandos no salgan de la mediocridad y progresen sus conocimientos. Para alguno o algunos es mejor el “borreguismo” o la erudición superficial que tan a las claras explicó Cadalso, dicho Vázquez, en su “Eruditos a la violeta”, sin duda superiores a los “ágrafos a la violeta”, sobre aún no se ha escrito; y debiera hacerse. Pretender que el “conocimiento” del lector/a sea menos profundo es craso error.
Me quedo con las ironías de Iriarte, que escribió “El ricote erudito” (que en realidad no era más que un ágrafo sin erudición), cierto rico de Madrid, que dicen más necio que rico, cuya casa magnífica adornaban muebles exquisitos, a quien un amigo sugirió “¡falta una librería!, bello adorno, útil y preciso”. El rico madrileño “a tiempo estamos” y un ebanista hizo “estantes capaces, pulidos”. Pero el problema fue “¡echarme yo a buscar doce mil libros!... ¿no era mejor ponerlos todos de cartón fingidos?”.
En resumidas cuentas, que un “pintorcillo que escribía buenos rótulos” e imitaba “pasta y pergamino”, suplantó “libros curiosos modernos y antiguos… incluso manuscritos”. Y sucedió, lo que tenía que suceder, que “el bendito señor repasó tanto/ sus tomos postizos/ que, aprendiendo los rótulos de muchos se creyó erudito”, con la moraleja consiguiente, que con afecto, dedico a mi ágrafo censor:
“Pues, ¿qué más quieren los que sólo estudian títulos de libros, si con fingirlos de cartón pintado les sirven lo mismo?”.
La censura me ha hecho feliz, por ser la causa de lo antes dicho.